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Cómo pasé de la máxima incredulidad a la certeza: lo que sentí las primeras veces que vi con los ojos vendados.
Cada persona experimenta una sensación diferente cuando empieza a ver con los ojos tapados. Hay quien consigue ver lo que tiene detrás, dentro de un libro cerrado o al otro lado de una pared, y quien simplemente ve por un «agujero» y se queda con la sensación de haber hecho trampas.
Por eso hoy os quiero volver a hablar de mí y de mi experiencia, desde el punto de vista de una persona adulta que ha pasado, en pocos meses, de la máxima incredulidad a la certeza de que esta habilidad de ver con los ojos tapados la tenemos y la podemos utilizar todos.
Yo soy de los que empezaron viendo por un «agujerito» por abajo, y eso me ha creado dudas, muchas dudas. Aun así, siempre se han desvanecido cuando he experimentado cosas que no sé explicar desde la racionalidad. Pero empecemos por el principio…
Las primeras sesiones VEO fueron cuando hice el curso para ser instructor del Método VEO en Madrid. Ya desde la primera sesión, la formadora me decía que, de entre los alumnos que había, tenía la intuición de que yo y otro alumno conseguiríamos ver con los ojos vendados.
No entendía por qué tenía esa sensación. Una parte de mí sabía que era verdad, mientras que la parte más racional pensaba que acabaría decepcionándola (sobre esto, puedes leer nuestro artículo sobre las creencias limitantes).
Las primeras actividades con los ojos cerrados consistían en acertar los colores y las formas de unas tarjetas que podían contener números, letras, dibujos y colores al azar.
En las primeras tandas me quedaba callado. Esperaba algo revelador, alguna información. Pero como ninguna «lucecita» ni «vocecita» me decía nada, empecé a usar la parte racional.
Sin información auditiva, sin el olfato, el tacto ni el gusto, y aún menos la vista, era difícil encontrar información objetiva con la que orientarme. Así que empecé a decir cosas al azar, sin acertar nada durante un buen rato…
Y de repente tuve esa sensación. La que sienten algunas personas cuando saben que les están mintiendo. La que tienen otras cuando saben qué camino escoger sin ninguna información objetiva para decidirlo racionalmente; cuando se anticipan a las palabras de quien les habla; la que a veces se parece a un déjà vu… Esa en la que decimos que hemos tenido intuición, cuando en realidad pensamos que hemos tenido suerte.
De repente sentí, desde el fondo de mi ser, que la siguiente tarjeta era naranja. No entendía cómo, pero lo sabía y punto. Dejé la que tenía y dije con valentía, pensando que quizá me tomarían por loco:
«Esta tarjeta no sé de qué color es, ¡pero la siguiente es naranja!»
¡Correcto! Había algún color más, pero el naranja era el dominante. Cuando me lo dijeron intenté adivinar los otros colores de la tarjeta, sin éxito.
Mi ser ya me decía que la siguiente era azul, la siguiente blanca, morada, roja… Y efectivamente: antes de que me pusieran las tarjetas en la mano, decía el color y acertaba. Pero en cuanto las tocaba, me entraban las dudas y no conseguía adivinar nada más.
De hecho, si me cambiaban la tarjeta sin que yo estuviera preparado, ya no llegaba a tiempo de sentir lo que me decía mi ser y empezaba a dar vueltas en mi cabeza, sin ningún éxito.
En una de las tarjetas en las que acerté todos los colores antes de que me la dieran, empecé a tocarla con los dedos y, sin darme cuenta, a reseguir la letra que había dibujada. Mis dedos recorrían todo el contorno como si ellos supieran lo que había, pero yo no. Los gritos de emoción de una compañera y la aprobación de la profesora me llevaron a dar con la letra, pero más por el movimiento de mis dedos que por ver nada.
En la última sesión del curso en Madrid, la sensación de saber lo que tenía en las manos aumentó hasta el punto de acertar algún animal, alguna letra y algún número. Pero no llegué a ver con los ojos tapados, o al menos no de forma consciente.
La casualidad no podía explicar mi número de aciertos. No tuve un porcentaje de éxito desorbitado, pero la probabilidad de acertar por suerte la letra, el número o la figura era remota cada vez que lo conseguía. Y sucedió demasiadas veces como para atribuirlo a la suerte.
Ya en casa, seguí practicando con mi pareja, que alucinaba con el grado de acierto. La primera ficha que me dio era de un memory que no había visto nunca, con una figura de lo más extraña. Como con los ojos abiertos no la sé describir, os pongo la imagen:
Con los ojos tapados le dije: «Cariño, no me tomes por loco ni me preguntes por qué, pero lo que me viene a la mente es una especie de moco verde retorcido». No era exactamente verde, pero el grito de sorpresa de mi pareja me indicó que me había acercado bastante.
«Un día empiezo a tener la sensación de que es más fácil de lo habitual y de que estoy haciendo trampas…»
Después de semanas practicando sin conseguir ver con los ojos tapados, volví a quedar con uno de los compañeros del curso de Madrid. Él estaba estudiando un nuevo método de visión extraocular y me propuso hacerme una sesión. A los cinco minutos empecé a ver por abajo.
Primero mucha luz, luego formas y colores, hasta el punto de que paré la meditación para decirle que estaba mal tapado y que me colocara bien los antifaces. Me dijo que no tocara nada y, a los pocos minutos, empezamos con los ejercicios de visión extraocular. Lo veía todo, siempre por abajo, y le iba diciendo que estaba haciendo trampas. Se rio y me dijo que no me preocupara: sabía que no, porque «me estaba poniendo obstáculos» que le confirmaban que no estaba usando los ojos.
Los dibujos de las tarjetas los veía exageradamente pequeños, como si midieran unos milímetros sobre el papel. Y entre dibujo y dibujo, dentro de una misma tarjeta, parecía haber metros de distancia. Todo parecía casi normal, salvo que cuando intenté mirarme las manos y los dedos que sujetaban la tarjeta… ¡no estaban! Nada la sostenía. Veía una luz borrosa del color del sofá y del suelo de fondo, pero la tarjeta flotaba claramente a la altura de donde debían estar mis manos.
Justo después vi otra figura. No distinguía qué era, pero se interponía entre «mis ojos» y las fichas que estaba viendo. Levanté la mano y me encontré con una tarjeta flotando a pocos centímetros de mi nariz. Mi compañero llevaba un rato sujetándola para impedir la línea visual directa entre el punto del antifaz donde yo decía tener un agujero y las tarjetas que estaba describiendo.
Era su manera de asegurarse de que no hacía trampas, y me impactó, sobre todo porque durante unos segundos fui plenamente consciente de ver con los ojos tapados las dos tarjetas como si fueran dos capas: la que tenía entre las manos, más nítida y clara, y la que tenía bajo la nariz, más borrosa y transparente.
Al quitarme los antifaces repasé todo lo que había visto. Todas las tarjetas eran exactamente como las había descrito, con una diferencia: los dibujos eran inmensos y ocupaban toda la tarjeta, mientras que yo los había visto microscópicos.
En resumen: la primera vez que vi con los ojos tapados me quedé con la sensación de haber hecho trampas, pero con tres hechos inexplicables:
Unos días después volví a practicar en casa y la sensación fue bastante parecida: volvía a mirar hacia abajo. Pero esta vez las tarjetas flotaban sobre un fondo negro y podía verme un poco los dedos… ¡pero no los de mi pareja!
Eso nos llevó a un experimento. Ella se puso una tarjeta pegada a la cara y yo la miré. Pude describirla con precisión hasta el último detalle. De repente apartó la tarjeta y todo se quedó negro: aunque estaba a pocos centímetros de su cara, no podía ver absolutamente nada.
Me veía, ¡sí! Por un «agujerito», sí. Pero no era un agujerito del antifaz. Era la representación de un agujero que mi mente había creado para explicarme lo que estaba intentando mirar, y quizá la única manera de concebirlo era en forma de agujero. ¡Quién sabe!
Lo que es seguro es que, cuando miro con los ojos por un agujero, veo todo lo que queda al otro lado dentro de mi ángulo de visión. Si espiara a mi pareja por un agujerito, mis ojos la verían, y en ningún caso viviría lo que viví aquel día.
Demasiados hechos inexplicables como para no creer en este fenómeno. Demasiadas experiencias comprobadas por mí mismo como para no creer.
Cada uno debe seguir su propio camino de descubrimiento. Hay quien cree desde el minuto cero y quien se cierra en banda y no lo quiere ni escuchar. Sea cual sea tu caso, te animamos a seguir nuestros artículos: seguiremos contando nuestro camino de aprendizaje, ahora que también profundizamos en otros métodos que nos permiten obtener resultados aún mejores, especialmente con adultos.
Cada consciencia es única y maravillosa. Por eso, en el Instituto Visión Intuitiva acompañamos a cada persona de forma personalizada, adaptándonos a su manera de percibir e intuir y ayudándola a descubrir su propio camino.
Si quieres saber más sobre cómo desarrollar esta capacidad, lee nuestro artículo sobre los siete caminos para ver sin los ojos o cómo funciona la visión extraocular.
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Una capacidad de la consciencia que nos permite percibir lo que nos rodea sin usar los ojos.
Explorar más— ¿Qué es la visión intuitiva?Dos ejercicios de iniciación, para adultos y para niños, y cómo prepararte.
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